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“Nunca perdí una hora de mi vida en aquello que no me cupiera en el corazón.” - A. Machado -

viernes, 3 de abril de 2026

"La niña del horizonte azul"

Esta vez, mis sueños me llevaron a aquella habitación.
La ventana seguía abierta al mismo horizonte que, de niña, confundía con el mar.

Y entonces la vi.

Apoyada en la ventana, con sus ojos fijos en ese azul inventado.

No era la primera vez que nos encontrábamos. Ella aparece cuando algo dentro de mí necesita ser mirado.

Me acerqué despacio y me quedé a su lado.
No hablamos. No hizo falta.

Ella sabe que yo la escucho incluso en silencio.

La niña seguía mirando el horizonte con esa fe intacta, como un pajarillo de alas rotas que anhela ser libre, con la certeza de que ese azul era el mar, de que más allá de los tejados había un lugar donde respirar sin miedo, de que algún día volaríamos.

Yo lo entendí sin palabras.

Amaneceres, atardeceres, noches, tormentas…
Yo había sido esa niña que miraba para escapar.
Y ahora era la mujer que miraba para vivir.

Le ofrecí la mano.
Ella la tomó.

Y en ese gesto leve, casi aire, supe que estaba lista.

Cerré los ojos un instante.
Cuando los abrí, ya no estábamos en la habitación.

Estábamos aquí, en esta tierra única.
Frente al mar de verdad.

Ella abrió los ojos muy grandes.
El azul ya no era imaginado.
Las olas respiraban.
El viento nos reconoció.

Y, por primera vez, la niña no quiso huir.
Quiso quedarse.

Se apoyó en mí, tranquila, sonriente.
Y yo sentí esa paz suya que siempre me ordena por dentro.

Ahora miramos el mar juntas.
Ella, por fin, siendo niña.
Yo, por fin, siendo libre.

La realidad es dura, pero unidas la enfrentamos con valor.

Y así estamos, las dos, enteras,
sabiendo que este horizonte ya no es una promesa.

Es hogar.

“El peso de lo real”

 I
Hay una extraña euforia en el que nada siembra,
una prisa por recoger el fruto que la mano no ha labrado.
Ajenos a la viga, al cálculo, al insomnio,
creyendo que el hogar es solo el brillo del barniz.

II
Quieren la corona sin haber forjado el hierro.
Quieren el puerto sin haber navegado la tormenta.
Sin hierro, no hay corona.
El metal no se dobla con deseos.
Sin tormenta, no hay puerto.
El mar no se amansa con palabras huecas.

III
Se puede heredar un mapa,
pero jamás el camino.

IV
Llaman «comunidad» a su propio miedo,
y «piedad» al gesto de esquivar el peso.
Prefieren la caricia de la mentira suave,
ese refugio donde todos son buenos
mientras alguien, en la sombra, mantiene el fuego ardiendo.

V
Las flores de plástico no tienen admiradores,
solo testigos de su inerte permanencia:
No conocen la lluvia,
tampoco el aroma,
no saben de inviernos,
y jamás darán semilla.

VI
Hablan de heridas como ornamento,
de luchas que nunca sangraron,
y levantan templos de palabras
sobre cimientos que no tocaron.
Han aprendido el gesto exacto,
la inclinación precisa del rostro,
esa coreografía impecable
donde el alma siempre llega tarde.
Confunden ruido con conciencia,
y eco con profundidad.
Nombran virtud a la comodidad,
y violencia a cualquier frontera.

VII
El hierro no escucha consignas.
La materia no negocia.
La gravedad no firma treguas.
El mundo, terco y sin aplausos,
no se sostiene con consignas huecas.

VIII
Porque hay manos que aún cargan peso,
hay espaldas que no se exhiben,
y verdades que no se anuncian…
simplemente permanecen.
Incluso el espejo
necesita algo real que reflejar.
No todos resiste la mirada.

miércoles, 1 de abril de 2026

Tiempo: amigo y enemigo.

 

Cuando el tren comenzó a moverse, algo en mí se quedó suspendido en el andén.

No era solo la despedida, era la sensación tenue de que el tiempo había estado mirando desde mucho antes, testigo discreto que siempre nos observa desde algún rincón.

Reloj de la estación, tú lo sabes.
Has visto cómo ciertos encuentros
parecen nacer de un susurro,
cómo se encienden y se apagan,
palabras que no terminan de decidirse, sus manos buscaban las mías un segundo más...


Y aun así, marcaste la hora
con tu calma indiferente, 
que no entiende de temblores
ni de ausencias.


Tiempo… 
tú también estabas allí, 
respirando entre nosotros,
acompañando lo que no se dice.

Te sentí correr cuando su calor acariciaba mi piel, 
como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier instante ante sus ojos,
 un gesto breve que pareció contener más de lo que mostraba.


En cuanto el tren avanzó, 
te volviste lento, espeso, 
como si quisieras recordarme que
lo nuestro se escribe entre presencias breves 
y ausencias largas, 
como si te gustara ver 
cómo la distancia se acomoda entre dos latidos.


No dices nada, 
pero guardas cada instante, 
cada mirada que se queda flotando
 cuando el tren avanza.


A veces pienso que disfrutas de esta intermitencia, 
de ver cómo algo crece a saltos suaves,
 entre presencias breves y silencios que se alargan.

Eres testigo, 
y en tu discreción 
parece que supieras más que nosotros, 
guardando cada instante, 
sosteniendo lo que no podemos retener.
Eres quien nos acompaña, 
cuando el otro no está. 
Aliado y enemigo, 
puente y distancia. 
Nos das el vértigo del encuentro
y la quietud interminable de los días en distancia.

Aun así, 
mientras la estación quedaba atrás, 
sentí que no me alejaba del todo.
Había un hilo tenue, casi invisible,
que seguía vibrando en el aire.
Un recordatorio sutil de que tú, tiempo, 
aunque juegues con nosotros, 
también das forma a lo que empieza a ser.


Quizá por eso, 
mientras su figura se hacía pequeña
al otro lado de la ventanilla, 
sentí que no estaba del todo sola.
Tú, tiempo, seguías allí, paciente, 
llevando en tus manos invisibles 
la promesa de otro encuentro.