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“Nunca perdí una hora de mi vida en aquello que no me cupiera en el corazón.” - A. Machado -

miércoles, 30 de septiembre de 2026

DE SOBREVIVIR A VIVIR

Hoy vuelvo a este, nuestro refugio.

A este rincón que solo se alcanza con los ojos cerrados. Un paisaje infinito, con tonalidades de todos los verdes. Árboles altos de troncos robustos, musgo en las piedras, raíces que se agarran a la tierra como quien se agarra a la vida. Un río escondido que no se ve, pero que se escucha nítido. Huele a tierra mojada. Al fondo, un horizonte azul, nuestro mar.


Este sitio no existía antes. Lo has ido construyendo, semilla a semilla, lágrima a lágrima, y hoy la naturaleza lo ha desbordado llenándolo de vida, de paz y esperanza.

Y allí estás tú, tan pequeña y risueña, sentada bajo el enorme sauce llorón, esperándome.

Me siento a tu lado. No decimos nada. Hace mucho que aprendimos a entendernos sin palabras.

Te miro de reojo. Sigues observando el mundo con los ojos muy abiertos, como si todo pudiera desaparecer si parpadeas, como si todo fuera único y especial. Yo también miraba así. Antes de aprender que eso tiene un precio alto.



Hoy quiero contarte lo que vi, mientras tú sobrevivías. Ahora que puedo verlo desde aquí, ahora que ya estás a salvo.


Toda vida es única. Podemos intentar ponernos en los zapatos de otros, pero jamás recorreremos sus huellas ni sentiremos sus pisadas. La nuestra es apenas una mota de polvo en el universo.

Pero es nuestra mota.

Hoy vuelve a serlo.


Naciste con luz. Con duende, llámalo como quieras. Eras vivaz, inquieta, risueña, curiosa… Aprender era tu mayor pasión, tu sueño desde siempre.

Naciste en un lugar donde el silencio tiene filo. Donde una puerta cerrándose podía quebrar un corazón sin avisar. Donde los adultos creían que sus palabras no se hundían en la carne. Pero se hundían.

Allí aprendiste lo que ninguna niña debería aprender: que los monstruos no viven bajo la cama. Viven con piel de cordero, se sientan a tu lado, te sonríen, y te enseñan a sonreír mientras destrozan todo lo que eres.


Eras tan pequeña. Tan, tan pequeña. Cinco… seis años.

Uno de ellos, alguien que debería cuidarte, enseñarte, protegerte, fue el primero en cruzar la línea. Sus manos. Su voz. Su mirada. Cada gesto calculado para romperte antes de que pudieras comprender lo que estaba pasando.

Y cuando aún no habías tenido tiempo de recomponerte, llegó otro. Uno detrás de otro. Tan seguidos que, si alguna vez hubo oportunidad de salvarte, él la destrozó.

El camino ya estaba allanado. Porque una niña rota es fácil de manipular. Y una niña con luz… se ve desde lejos.

Con luz, los depredadores te ven antes de que tú los veas.

Nadie te lo dijo. Nadie te dijo que aquello no era tu culpa. Y como tantas niñas, te callaste y lo cargaste. Los niños hacen eso: se cargan lo que nadie más quiere cargar.

Así, aprendiste a callar, a reprimir, a obedecer, a aguantar, a no dar problemas, a desaparecer sin que nadie notara que te estabas destruyendo.

Me acuerdo… como toser te daba tanto apuro que, preferías ahogarte con tu propia saliva antes que llamar la atención, antes que molestar. Porque llamar la atención era un riesgo que no podías permitirte.

Te volviste la alumna perfecta. Perfecta para los lobos que te desgarraban a solas.

Y tu mente, tan lista, tan valiente, hizo lo único que podía hacer para que siguieras respirando: borró lo imposible de soportar.

Nos partimos en dos, mi niña.

Una parte de se quedó fuera, sonriendo al mundo como una actriz consumida que ni sabe que interpreta un papel.

La otra, la tuya, se escondió en el rincón mas profundo y oscuro de nuestro ser, sosteniendo un grito que nadie iba a escuchar jamás.

Por dentro, el dolor no cedía. Era un eco perpetuo en una caverna vacía, cada gota resonando y reventándonos las entrañas y el alma.

Y, desde fuera, miraban tu sonrisa y creían que estabas bien.

Perdóname. Perdóname por eso, porque yo también lo creí. Yo también quería creerlo y te sepulté aún más sin saberlo. Mi niña.


La vida no se detiene… o eso creíamos.

Pero el cuerpo habla lo que la mente calla.

Primero fueron avisos pequeños, casi imperceptibles. Cansancio. Dolores que parecían tonterías. Después se convirtieron en un coro ensordecedor. Migrañas que explotaban como bombas dentro de la cabeza. Mareos que me impedían levantarme. La cama se convirtió en nuestra tumba en vida.

Así, nuestro cuerpo gritaba, tú gritabas lo que yo no podía nombrar, lo que había sepultado: “NO PUEDO MÁS”

Y yo… yo no entendía.

Luego llegó lo del colegio. Y no fue un “me dijeron un par de cosas”. Fue que, aquellas supuestas amigas, adolescentes, fueron capaces de encerrarme, sujetarme y golpearme. Mientras sus insultos volaban como cuchillas directas a un corazón que ya estaba quebrado.

Incluso escribieron con todas las letras que no valía nada, que no valía nada, que no merecía existir y, todo lo que queda por decir.

Difamación, persecución, aislamiento, miedo… Después de años, mi niña, hay que llamarlo por su nombre, porque de otro modo, seguiría haciéndote daño y, no seré cómplice de tu dolor nunca más.


Pero aquello, con todo lo que dolió, era pequeño comparado con el volcán que llevábamos dentro. Lo que no recordaba era lo que más nos estaba matando. El dolor antiguo y silencioso. El trauma que nadie vio, que nadie nombró.

Y cada recuerdo borrado, cada abuso silencioso, cada palabra envenenada, cada roce que nunca quisimos, se expresó multiplicado.

Mi cuerpo se convirtió en un ataúd en vida.

Años en cama, aislada, sin luz, sin ruido, sin calor. Contando los días por respiraciones, por latidos, por instantes de lucidez que parecían milagros pasajeros. Tan efímeros que, la vida se me escapaba.

Los médicos no encontraban nada. Neurólogos, psiquiatras, psicólogos… todos impotentes ante un dolor que no tenía nombre. Pastillas que me dormían el alma.

Llegué a pensar que era un castigo. Que yo era el monstruo que merecía sufrir. Que mi existencia era un error.

“Eres egoísta”, me repetía una voz por dentro.

Años después comprendí que aquella voz no era mía. Era la voz del abuso. La voz de todos los que dejaron su veneno en nosotras. Garrapatas pegadas a la carne y al espíritu.


Y hubo un día… casi nos fuimos del todo.

No fue intención. Solo sucedió. Una ambulancia entre el pueblo y Toledo… olor a miedo y gel desinfectante. De repente, todo fue oscuro, el vacío absoluto, la nada. No sientes, no eres ni un susurro, te apagas.

Allí, una parte de mí se sintió libre, aterradoramente ligera, sin dolor. Otra… otra sabía que cuanto más tiempo pasara allí, más difícil sería volver.

Escuchamos entonces una voz. Mamá nos llamó. Un hilo de luz frágil, distante, pero que, en plena oscuridad, era un faro.

No era nada, pero hice fuerza. No sé cómo, no es la fuerza que sueles hacer con el cuerpo, porque no tienes cuerpo, pero desperté.

Ahora, sentada a tu lado, sé que tú eras esa fuerza, mi niña, sosteniéndonos como siempre, salvándonos. Desde tu sepultura, con tus manitas agotadas, tiraste de mí, de nosotras.

Perdóname, mi niña. Siempre fuimos cabezotas y me costó darme cuenta de todo. Pero ahora estamos aquí.


Levanto la vista. Un pájaro cruza el valle. La luz se cuela entre las hojas de una manera que casi duele. Y pienso cuánto nos costó llegar aquí. Y ella sonríe feliz, sosteniendo mi mano, con esa mirada tan profunda que habla por sí sola.

Tras esa parálisis intermitente, llegó la introspección infinita. Ansiedad, depresión, fobia social, migrañas con aura… Diagnósticos que se mezclaban como veneno y medicina a la vez. Tratamientos que me dejaron inconsciente más de una vez. En su mayoría querían frenar el síntoma, nunca iban a la raíz.

Y… las pesadillas. Oscuros recuerdos rotos que me golpeaban cada noche como caballos desbocados en son de guerra. Algo dentro pedía, gritaba por salir.

Como último recurso hice aquello que desde niña me negué a hacer, porque no quería más etiquetas, no quería molestar, no quería llamar la atención. El famoso test que temía que cargara más expectativas sobre mí.

Funcionó. Era la llave de todo. Entender que no se puede luchar contra corriente y que cada persona es como es.

Empecé a darme cuenta de lo que nos habíamos negado. A aceptar quién éramos, quién somos. Con nuestra esencia, nuestra historia, nuestras heridas… con platos sucios como todo el mundo, pero también distinta.


A medida que comprendía y aceptaba, mi cuerpo me devolvía recuerdos. Primero gota a gota, luego oleadas. Ya era evidente, el llanto sordo tras la puerta atrancada con más de 20 años de miedos y dolor era incontenible, tenía que entrar, que encontrarte.

No eras un enemigo, no eras un fantasma, eras tú, yo. Pequeña. Con la manita temblando, exhausta, herida.

Se me desmoronó el alma. No solo por tu estado, por comprender TODO de golpe.

Nunca fuiste culpable de lo que nos tocó vivir. Eres la razón de que sigamos vivas.

Te habías cargado con todo lo que pasó, entero, para que la mujer del futuro tuviera una oportunidad de existir.

Y yo te dejé allí, sola, cómplice de todo sin saberlo… Hasta yo te di la espalda.

Me desplomé de rodillas ante ti, como aún ahora hago. Te abracé con una fuerza que atravesó el espacio-tiempo. Te pedí perdón llorando y te prometí que nunca más ibas a estar sola. Que desde ese día me tocaba a mí. Que yo sería tu guardiana del centeno. La adulta que mira a los monstruos a los ojos, sin temblar.

Y sonreíste… volviendo a ser esa niña risueña y curiosa, de mirada inocente y atenta, cariñosa… con esa luz que jamás se apagó por mucho que lo intentaran.


La vida, mi niña, tiene un sentido perverso del humor. Tiende a ponernos las mismas pruebas hasta que las superas o te destruyen por completo.

Si, topamos con otro monstruo, justo cuando nos reconstruíamos, llegó disfrazado con promesas de amor.

Creí que podía confiar. Los gestos hablan siempre más que las palabras, eso aprendimos. Este monstruo conocía nuestras heridas y las usaba como cuchillas contra nosotras. Además, como una alarma, con cada toque, mi piel recordaba con violencia lo que nos sucedió de niñas.


Aprendí:

Buscar desde la herida hace que necesites.

Y que, cuando necesitas, vale cualquier cosa para rellenar el hueco.

Y que lo primero que se ofrece a salvarte nunca es bueno.

Que un "no" que no se respeta no es un malentendido. Es un aviso.

Y que el mundo está lleno de gente que no oye un no.

Pero esta vez no caí. Esta vez no dejé que me rompieran.

Salí. Con apoyo y con un precio alto: un año entero reconstruyéndome, sanando músculos, huesos, corazón y alma. Cada día un combate contra los ecos. Cada noche un duelo con mis pesadillas.


Y sí, mi niña. Estoy cansada.

Cansada de reconstruirme tantas veces. Cansada de sufrir. Cansada, y frustrada, de las personas. Y aun así no las veo malas.

Porque yo sí conocí la maldad. La de verdad. Y sé, por tanto, distinguirla. Sé que la mayoría no es eso. Que cada uno lleva su historia, su mochila, sus heridas. Que somos parecidos y, a la vez, muy diferentes, y que eso se respeta siempre.

Pero también veo cómo, cada vez más, el mundo pierde humanidad. Empatía. Cómo prefieren no ver las consecuencias de sus actos. Cómo todos saben la verdad y la callan, porque el miedo manda.

Y yo veo. Y siento. Demasiado.

Lo sé. Y no tengo otra forma de ser, y me gusta. Me gusta sentir un atardecer en la piel y en el corazón. Me gusta emocionarme hasta las lágrimas. Me gusta, aunque a veces me contagie sin querer de la tristeza de otro, aunque lo que me pase me duela el doble. Pero las alegrías también son dobles.

Y claro, cuando ves lo que otros no quieren o no pueden ver, y lo dices, tiene sus consecuencias. Un precio. Pero lo pago. Porque esto que soy también nos trajo hasta aquí.


Este año, mi niña, aprendí cosas:

Que las personas no son blanco ni negro. Son un sinfín de matices.

Que estar sola no es lo mismo que sentirse sola.

Que no me quedo donde no me valoran.

Que quien te quiere y a quien quieres siempre está ahí, aunque no habléis todos los días, aunque estéis lejos.

Que soy selectiva. Que a veces parezco extraña porque desaparezco sin dar explicaciones. Pero tengo mis heridas. Y mi intuición. Y mi experiencia. Desaparezco por algo.



Me giro y te miro de frente. Tienes hierba en el pelo. Sonríes, una sonrisa de verdad, la de antes de que todo se apagara.

Te tomo la mano. Es pequeña. Es cálida. Y te digo lo que llevo tantos años queriendo decirte:

No fuiste un error.

No fuiste una carga.

No hiciste nada mal.

Eres luz. Y hubo quien no supo qué hacer con ella.


Y todavía no te he contado lo mejor.

Ahora hay un lugar donde el mar es de verdad.

Llegamos como se llega tras un naufragio: heridas, exhaustas, con las manos vacías y una sola idea, no hundirnos otra vez. Y el aire era distinto. El azul del cielo, el verde de la tierra, el rumor del mar parecían susurrarnos que aún existía un sitio donde podíamos ser solo nosotras.

El horizonte que imaginabas desde la ventana existe. Huele a sal. Suena a olas. Acaricia los acantilados.

Aquí volvimos a estudiar. A soñar lo que se había quedado a medias. A hablar con desconocidos que se volvieron amigos. A llorar sin esconder la cara. A reírnos alto otra vez. ¿Te acuerdas de cómo era? Casi lo habíamos olvidado.

Aún hay noches difíciles. Pesadillas, recuerdos que se cuelan entre sueños, ecos de gritos que nunca se escucharon a tiempo.

Pero ahora soy yo quien decide cómo enfrentarlos. Ya no huyo. Ya no lloro en silencio. Cada lágrima es un acto de resistencia. Cada despertar, un renacer.

He aprendido que la libertad es un acto de valentía diaria. Que levantarse, aunque te tiemble el cuerpo entero, aunque la sombra del pasado te roce la espalda, es un triunfo.

Y hemos descubierto que la venganza más hermosa contra quien quiso rompernos no es destruirlo. Es reconstruirnos, pieza a pieza, con cada grieta, con toda la luz que aún queda dentro.

Hemos bailado sobre los escombros.

Aprecio más el sol después de la tormenta que el sol de todos los mediodías. Y hoy, mi niña, hay sol.

Llevo un punto y coma tatuado en la muñeca. Antes era para recordar lo que casi perdimos. Ahora es la señal de que nuestra frase sigue.

Tengo veintinueve años, de los cuales he vivido de verdad cinco o seis.

Pero sigo sumando... Lo mejor de todo es que sigo sumando.

Las cicatrices ya no son cadenas. Son armadura.

Y esa luz que creímos tanto tiempo que nos hacía frágiles, la que atrajo a los lobos, ya no es un cebo. Es un fénix. Es nuestra. Y arde.

Así que descansa.

Corre por el valle si quieres. Quédate quieta si prefieres. Asómate al mundo solo cuando tú lo desees, y guarda esa risa para quien de verdad merezca oírla.

Eres un tesoro. Y lo sabes.

Nadie volverá a meternos en una cama.

Nadie volverá a dejarte sola.

Nadie volverá a apagarte.

Lejos, pero nunca separadas.

Libres, pero jamás solas.

Gracias por sostenerme cuando yo no podía.

Gracias por no soltar la puerta.

Gracias por tirar del hilo.

Ahora me toca a mí.

Yo me quedo aquí, contigo, observando.

El tiempo que haga falta.

Ya no sobrevivimos.

Ahora vivimos. 

sábado, 19 de septiembre de 2026

"No todo vale"

 Pensando en cómo el mundo se desmorona entre humanos sin humanidad:

Hubo un tiempo en que temía hasta respirar, por si un leve paso pudiera lastimar; hoy sé que quedarse inmóvil, sin protestar, es elegir el silencioso ataúd de una muerte en vida.

Que todo lo que hacemos deja su huella, y somos dueños de lo propio y su alcance; no vale pisotear por el «todo vale». Si no lo quieres para ti, no lo quieras para nadie.

Donde el interés compra cualquier alma y la hipocresía se disimula sin pena; todos saben la verdad que el miedo calla, dejando que el egoísmo mande y moldeé este mundo que tanto ahoga, y que ya no nombra...

No todo vale.



martes, 21 de abril de 2026

Amaterasu

Hoy es tu día.
Y como ayer me dijiste que no te reconocías en los sesenta, quizá esto te sirva más que un número.

A veces la edad se siente como una sombra que no encaja, como si el tiempo avanzara más rápido que la imagen que tenemos de nosotras mismas. Pero tú nunca has sido una cifra. Nunca has cabido en un molde.

Yo te veo en otra forma:

Te veo en esa forma tuya de dar amor sin pensarlo, de cuidar incluso cuando nadie lo pide, de ponerte siempre la última sin que nadie lo note. 
Te veo en ese corazón tuyo, más grande de lo normal, que late para todos incluso cuando estás cansada.

Te veo en la paciencia que sostienes incluso cuando el nervio te tiembla por dentro, en esa mezcla tuya de calma y fuego que solo tienen las mujeres que han vivido de verdad.
Te veo observadora, inteligente, empática,  capaz de escuchar lo que no se dice  y de consolar sin una sola palabra.

Y luego está tu voz. 
Esa voz que no es solo voz: es cuento, es refugio, es paz.  Una voz que hace magia, que convierte un día torcido en un día respirable, que ilumina como si llevaras dentro un pequeño sol. Por eso te llamo Amaterasu: porque sin proponértelo, das vida.

Pero también eres fuego. 
Esa parte tuya que protege como una leona, que defiende lo que ama con una fuerza que asusta, que se planta, que decide, que arde. 
A veces chocamos, sí.  Dos cabezas firmes, dos fuegos similares y a la vez distintos. 
Pero incluso entonces, siempre acabas dejándome elegir. 
Esa es tu forma de querer: fuerte, libre, protectora, sin soltar del todo, pero sin encerrar: "Lejos pero nunca separados, libres pero nunca solos".

Eres artista sin escenario,
madre sin manual,
mujer que sostiene incluso
cuando nadie la sostiene a ella.

Y aunque tú no lo digas, 
aunque no lo nombres, 
aunque no lo pienses, 
hay algo más.

Eres Fénix.

Porque has ardido más veces de las que cualquiera imagina, y aun así siempre vuelves. Más sabia, más fuerte, más tú.

Quizá no te reconozcas porque has sido muchas cosas a la vez:  niña, madre, refugio, leona, paz, fuego, Fénix, calma, abrazo, luz, ternura... Y ninguna de esas palabras tiene edad.

Sesenta no es anciana. 
Sesenta es haber vivido lo suficiente para saber, para sentir, para elegir. 
Sesenta es haber amado tanto que el corazón se te agrandó sin pedir permiso. 
Sesenta es haber sido vida para otros, y seguir siéndolo.

Hoy cumples sesenta. 
Y si pudieras verte como te veo yo, 
entenderías que no hay número que pueda contenerte. 
Eres luz. 
Eres fuego. 
Eres renacer.
Eres Amaterasu. 
Eres el Fénix.
Que cuida,
Que sostiene,
Que permanece,
Que vuelve más fuerte,
incluso cuando el mundo se apaga.
Mujer que no se rinde.

Amaterasu, hoy es tu día.Y ojalá este pequeño reflejo te ayude, aunque sea un poco, a reconocerte.

"Hasta el infinito y más allá".