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“Nunca perdí una hora de mi vida en aquello que no me cupiera en el corazón.” - A. Machado -

miércoles, 1 de abril de 2026

Tiempo: amigo y enemigo.

 

Cuando el tren comenzó a moverse, algo en mí se quedó suspendido en el andén.

No era solo la despedida, era la sensación tenue de que el tiempo había estado mirando desde mucho antes, testigo discreto que siempre nos observa desde algún rincón.

Reloj de la estación, tú lo sabes.
Has visto cómo ciertos encuentros
parecen nacer de un susurro,
cómo se encienden y se apagan,
palabras que no terminan de decidirse, sus manos buscaban las mías un segundo más...


Y aun así, marcaste la hora
con tu calma indiferente, 
que no entiende de temblores
ni de ausencias.


Tiempo… 
tú también estabas allí, 
respirando entre nosotros,
acompañando lo que no se dice.

Te sentí correr cuando su calor acariciaba mi piel, 
como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier instante ante sus ojos,
 un gesto breve que pareció contener más de lo que mostraba.


En cuanto el tren avanzó, 
te volviste lento, espeso, 
como si quisieras recordarme que
lo nuestro se escribe entre presencias breves 
y ausencias largas, 
como si te gustara ver 
cómo la distancia se acomoda entre dos latidos.


No dices nada, 
pero guardas cada instante, 
cada mirada que se queda flotando
 cuando el tren avanza.


A veces pienso que disfrutas de esta intermitencia, 
de ver cómo algo crece a saltos suaves,
 entre presencias breves y silencios que se alargan.

Eres testigo, 
y en tu discreción 
parece que supieras más que nosotros, 
guardando cada instante, 
sosteniendo lo que no podemos retener.
Eres quien nos acompaña, 
cuando el otro no está. 
Aliado y enemigo, 
puente y distancia. 
Nos das el vértigo del encuentro
y la quietud interminable de los días en distancia.

Aun así, 
mientras la estación quedaba atrás, 
sentí que no me alejaba del todo.
Había un hilo tenue, casi invisible,
que seguía vibrando en el aire.
Un recordatorio sutil de que tú, tiempo, 
aunque juegues con nosotros, 
también das forma a lo que empieza a ser.


Quizá por eso, 
mientras su figura se hacía pequeña
al otro lado de la ventanilla, 
sentí que no estaba del todo sola.
Tú, tiempo, seguías allí, paciente, 
llevando en tus manos invisibles 
la promesa de otro encuentro.