Cuando el tren comenzó a moverse, algo en mí se quedó suspendido en el andén.
No era solo la despedida, era la sensación tenue de que el tiempo había estado
mirando desde mucho antes, testigo discreto que siempre nos observa desde algún
rincón.
Reloj de la estación, tú lo sabes.
Has visto cómo ciertos encuentros
parecen nacer de un susurro,
cómo se encienden y se apagan,
palabras que no terminan de decidirse, sus manos buscaban las mías un segundo
más...
Y aun así, marcaste la hora
con tu calma indiferente,
que no entiende de temblores
con tu calma indiferente,
que no entiende de temblores
ni de ausencias.
Tiempo…
tú también estabas allí,
respirando entre nosotros,
acompañando lo que no se dice.
Te sentí correr cuando su calor acariciaba mi piel,
como si temiera que pudiera
desaparecer en cualquier instante ante sus ojos,
un gesto breve que pareció
contener más de lo que mostraba.
En cuanto el tren avanzó,
te volviste lento, espeso,
como si quisieras recordarme que
te volviste lento, espeso,
como si quisieras recordarme que
lo nuestro se escribe entre presencias breves
y ausencias
largas,
como si te gustara ver
cómo la distancia se acomoda entre dos latidos.
No dices nada,
pero guardas cada instante,
cada mirada que se queda flotando
cuando el tren avanza.
pero guardas cada instante,
cada mirada que se queda flotando
cuando el tren avanza.
A veces pienso que disfrutas de esta intermitencia,
de ver cómo algo crece a saltos suaves,
entre presencias breves y silencios que se alargan.
de ver cómo algo crece a saltos suaves,
entre presencias breves y silencios que se alargan.
Eres testigo,
y en tu discreción
parece que supieras más que nosotros,
guardando cada instante,
y en tu discreción
parece que supieras más que nosotros,
guardando cada instante,
sosteniendo lo que no podemos retener.
Eres quien nos acompaña,
Eres quien nos acompaña,
cuando el otro no está.
Aliado y enemigo,
puente y
distancia.
Nos das el vértigo del encuentro
y la quietud interminable de los
días en distancia.
Aun así,
mientras la estación quedaba atrás,
sentí que no me alejaba del todo.
Había un hilo tenue, casi invisible,
que seguía vibrando en el aire.
Un recordatorio sutil de que tú, tiempo,
Un recordatorio sutil de que tú, tiempo,
aunque juegues con nosotros,
también
das forma a lo que empieza a ser.
Quizá por eso,
mientras su figura se hacía pequeña
mientras su figura se hacía pequeña
al otro lado de la
ventanilla,
sentí que no estaba del todo sola.
Tú, tiempo, seguías allí, paciente,
llevando en tus manos invisibles
la promesa
de otro encuentro.